
Skyline Donostia / San Sebastián
El skyline de Donostia, contemplado desde el Cantábrico con orientación norte, comienza en la silueta serena del Monte Igeldo, faro natural que vigila la bahía. Bajo su ladera se extiende la playa de Ondarreta, donde el Peine del Viento XV —Haizearen orrazia de Eduardo Chillida— dialoga con las olas en un ritual perpetuo de acero y espuma.
En medio de las aguas, la isla de Santa Clara emerge como un islote verde que reparte brisa y sosiego. Más al este se alza el Monte Urgull, coronado por el Castillo de La Mota, bastión que guarda la entrada al casco antiguo. Allí se suceden joyas urbanas: el elegante Ayuntamiento, la barroca Basílica de Santa María del Coro, la aguja neogótica de la Catedral del Buen Pastor y la silueta modernista del Teatro Victoria Eugenia.
Una vez cruzado el río Urumea por el Puente de Zurriola (Puente Kursaal), la panorámica culmina en las prismas traslúcidas del Palacio de Congresos y Auditorio Kursaal, obra de Moneo que simboliza la vocación cultural de la ciudad.
Entre montes, mar y piedra dorada, Donostia dibuja un horizonte que enlaza tradición y vanguardia bajo el soplo salino de la costa vasca.
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Skyline Donostia / San Sebastián
El skyline de Donostia, contemplado desde el Cantábrico con orientación norte, comienza en la silueta serena del Monte Igeldo, faro natural que vigila la bahía. Bajo su ladera se extiende la playa de Ondarreta, donde el Peine del Viento XV —Haizearen orrazia de Eduardo Chillida— dialoga con las olas en un ritual perpetuo de acero y espuma.
En medio de las aguas, la isla de Santa Clara emerge como un islote verde que reparte brisa y sosiego. Más al este se alza el Monte Urgull, coronado por el Castillo de La Mota, bastión que guarda la entrada al casco antiguo. Allí se suceden joyas urbanas: el elegante Ayuntamiento, la barroca Basílica de Santa María del Coro, la aguja neogótica de la Catedral del Buen Pastor y la silueta modernista del Teatro Victoria Eugenia.
Una vez cruzado el río Urumea por el Puente de Zurriola (Puente Kursaal), la panorámica culmina en las prismas traslúcidas del Palacio de Congresos y Auditorio Kursaal, obra de Moneo que simboliza la vocación cultural de la ciudad.
Entre montes, mar y piedra dorada, Donostia dibuja un horizonte que enlaza tradición y vanguardia bajo el soplo salino de la costa vasca.
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El skyline de Donostia, contemplado desde el Cantábrico con orientación norte, comienza en la silueta serena del Monte Igeldo, faro natural que vigila la bahía. Bajo su ladera se extiende la playa de Ondarreta, donde el Peine del Viento XV —Haizearen orrazia de Eduardo Chillida— dialoga con las olas en un ritual perpetuo de acero y espuma.
En medio de las aguas, la isla de Santa Clara emerge como un islote verde que reparte brisa y sosiego. Más al este se alza el Monte Urgull, coronado por el Castillo de La Mota, bastión que guarda la entrada al casco antiguo. Allí se suceden joyas urbanas: el elegante Ayuntamiento, la barroca Basílica de Santa María del Coro, la aguja neogótica de la Catedral del Buen Pastor y la silueta modernista del Teatro Victoria Eugenia.
Una vez cruzado el río Urumea por el Puente de Zurriola (Puente Kursaal), la panorámica culmina en las prismas traslúcidas del Palacio de Congresos y Auditorio Kursaal, obra de Moneo que simboliza la vocación cultural de la ciudad.
Entre montes, mar y piedra dorada, Donostia dibuja un horizonte que enlaza tradición y vanguardia bajo el soplo salino de la costa vasca.
























